lunes, 27 de agosto de 2012

Hope.

No sé si les habrá pasado alguna vez, de tanto en tanto, de dar vueltas en su propia mente; explorar cada rincón de la misma, dar vueltas una y otra vez sobre ideas que se ven elementales pero que representan diferentes magnitudes, según cada estado de ánimo. Me ha tocado encontrarme con catástrofes inapelables que empezaban y terminaban en esas lagunas temporales, en las que me pierdo cada noche. Cuando estamos ausentes de amor, cuando nuestras heridas sentimentales emanan la frescura que el tiempo no ha logrado curar todavía, esos baches de la mente se intensifican. Profundizamos en teorías sobre nuestro comportamiento como pareja, ahondamos en nuestras actitudes intentando buscar una razón que justifique y explique por qué estamos así (como si hubiera un sentido llano, lógico y simple de captar en ese sentido). Me ha tocado replantearme toda mi vida mi accionar, recapitular cada vez que regalé un chocolate o esbocé un "Te Quiero". Que muy pronto, que muy tarde; que no supe leer el momento, que no respeté sus tiempos; que me fui de boca, que fui un témpano. Cualquier excusa es válida para no echarle la culpa a ése ser que tanto alego apreciar. Y cuando el comportamiento del otro o la otra fue bueno también, buscamos talismanes que alivianen el dolor, los cuales reciben nombres comunes como "Destino" o "Suerte": Esos dos bandidos que nos hacen conocer las mieles de la felicidad tan rápido como nos hacen probar el barro de la desgracia. ¿Pero no se supone acaso que la vida es a prueba y error? ¿Cuántas veces nos lamentamos por aquellas personas que tuvimos que dejar pasar? ¿Y no les pasó luego de conocer personas que nos hicieran sentir que todo aquello que nos parecía muchísimo anteriormente quedaba paupérrimo al lado de la nueva sensación amorosa? Es por eso que soy enemigo de los cuestionamientos sentimentales, de la repartición innecesaria de culpas. Soy un enfermo de la esperanza, que según Aristóteles es "el sueño del hombre despierto". Tiene sentido entonces que sea mi esperanza la que no me deja dormir en esas noches de vacío, de reposicionamiento de ideas. Cuando me abrazo a la percepción que amar de nuevo es posible, que no hay corazón emparchado que no pueda salir adelante. Y entre tantas vueltas que he dado, siempre o casi siempre (salvo espantosos días de negación absoluta), llegué a la conclusión de que toda existencia debe ser autosuficiente para ser el complemento ideal de otra. Primero están mis metas, mis objetivos, que al conocer una persona de mi agrado puedan llegar a mancomunarse en algún momento, a ser uno entre dos. Sin este principio básico, siempre caeré en dependencia de otras personas para que yo pueda realizarme, y estoy convencido de que eso es el fin de todo ser humano que se precie de tal. Querer a alguien es un gran motor, pero no hay combustible mayor que la voluntad y el amor propio, valores que enamoran a todo aquel que necesite un compañero de ruta en el sinuoso y difícil sendero que es la vida. Por eso, antes de lamentarse, esperen y nunca, pero nunca, desesperen.

Desesperartr. y prnl. Perder toda esperanza


.

martes, 21 de agosto de 2012

Tiempo al Tiempo.

Es complicado querer. Más complicado aún es amar. Todo aquel entramado de las complejas relaciones humanas nos hace tambalear más de una vez. Yo soy un ejemplo vivo de ello. Muchas veces, pierdo la noción del tiempo enfrascado en mis pensamientos, que se diluyen conforme el segundero completa su recorrido infinito. ¿Por qué el amor nos lleva a traicionarnos? Se supone que es algo positivo, algo bueno, que suma en la vida de quienes lo disfrutan. Tiene sus etapas, claro que sí, pero me gustaría saber por qué al final de cuentas siempre el bote en el que venimos juntos termina girando eternamente a falta del otro remo, de la otra mitad de su poder. Puedo proponerme mil cosas, trazarme un millón y medio de planes; pero en materia de amor, nunca sé con qué nuevo artilugio voy a sorprenderme. Es un ilusionismo patético, porque trata de forzar un conocimiento de mi que no domino, del que carezco plenamente. Mi corazón suele doblarse y amoldarse como los relojes de "La Persistencia de la Memoria", del maestro Dalí. Pero sólo cuando lo tengo entre mis manos hecho añicos una vez más, recién ahí llego a tomar una mínima noción de que no es para jugar. Es que tampoco pido un seguro de caución por si lo rompen al brindarlo. Como para tantas otras cosas en la vida, no existen ni manuales ni guías. Yo no amo sin otra brújula que la de mis sentimientos, que bastante mal calibrados suelen tener su Norte. Por eso sigo a la espera de esa estrella polar que me guíe, que me emparche quizás y otorgue un poco de tiempo y de tranquilidad para que logre sanarse. Pareciera que es pecar el querer hacer las cosas bien, porque el castigo es terrible. He escuchado por ahí que "Lo bueno, aburre". Lo dicen personas que, más allá de todo lo malo que pueda decir de ellas, tienen mayor éxito arrastrándose por idiotas que perpetuan sentimientos patológicos en el tiempo que quienes como en mi caso defendemos la pureza del amor sin maldad, el que se da por retribución netamente honesta. El cliché del corazón es sólo para la metáfora (los griegos creían que el órgano más importante era el hígado, y que sentíamos por él). No estoy dispuesto igualmente a abandonar mi Modus Operandi. Me crié con esta idea y con ella voy a llegar hasta las últimas consecuencias. Quizás consiga quien lo valore y aprenda a mantenerlo al ras del calendario, o quizás algún día comprenda si mi error es conceptual, actitudinal o ideológico. Somos unos ignorantes del amor, de eso no tengo ninguna duda.