Emociona. Esa es la palabra exacta para definir este
momento. La memoria de los seres humanos es, por asomo, el punto débil más débil
que tenemos. Es tan selectiva como cínica cuando toma el rol de pintora, al
recrearnos imágenes tanto de momentos como de personas. Nuestra cabeza es el
lienzo en blanco que se desflora por los sentimientos, que hacen las veces de
paleta de colores con los que la memoria crea cada una de sus obras. Es el
mismo cinismo que vuelve grandiosos a los muertos y demoniza a los que nos han
lastimado; quizás sea por eso que mis emociones están en su primavera cuando,
al sentir que perdí todo en materia de amor una y otra vez, me toca llevarme
una experiencia buena y sabrosa en todo sentido. Exactamente hace un año que
este cerebro plantaba su bandera para no poder pensar de nuevo en nadie más,
despojándose de su antigua premisa que le da nombre a este Blog. Todavía puedo
sentir la constricción de “mariposas” en el estómago, el nerviosismo reinante
que trae la cara de póquer con la que intentamos demostrar que tenemos todo
bajo control. Reflejos que todos hemos sentido: Piernas flojas, mente en las
nubes, trivialidad en el diálogo. Algunos lo entendemos como un ajedrez enorme,
una prueba tan compleja como linda de atravesar. Un error, un paso en falso
puede ser el último que demos con esa persona. Y cuando, como vuelvo a
recalcar, se ha perdido todo más de una vez, acariciamos la posibilidad de ser
felices con guantes de oro, pensando en tener toda la vida por delante pero sin
garantías de que esa vida vaya a ser disfrutada en compañía de quien deseamos. Así
estaba yo, vuelta terrestre al sol atrás, temeroso por lo que pudiera ser, pero
envalentonado por todo aquello que no fue. Sabía que la chance estaba ahí, pero
no sabía cuándo se iba a transformar en algo físico y no tácito. Como un
incansable buscador, fui presionando por todas las vías posibles, para
conseguir mi objetivo, con la premura de no llegar al hastío ajeno (es cuando
la ansiedad quiere imponérsele a las ganas). Supongo que existe una cuestión
fortuita, donde los planetas se alinean a nuestro favor, pero que sin dudas,
DEBE estar apuntalada por nuestra actitud, todo lo que tenemos para ofrecer y más
aún, el amor que empieza a romper el cascarón. La psiquis se transforma en una
caja de Pandora: No podemos dejar de pensar en ese “no sé qué” pero a su vez la
velocidad a la que procesamos esos pensamientos supera toda métrica conocida
por el hombre. Buscamos cada situación que nos acerque más, contenemos algunas
palabras que nos desbordan y otras las largamos en catarata; todo se torna una
ensalada confusa y maravillosa. Hasta que ese día, esa hora y esos segundos
llegan, y las palabras pasan a un segundo plano, porque no hay elogios, piropos
ni declaraciones que valgan en el tan encumbrado momento de la verdad. La magia
del razonamiento se hace presente, la mente -ama y señora de todas nuestras
sensaciones- abre lugar al corazón, y cobra un sentido más metafórico que
nunca. Sentimos cosquillas, ganas de reír, un poco de emoción contenida,
pupilas dilatadas y hay una presión en el pecho que se libera cuando el portal
de la ansiedad se abre, para dar paso a la tranquilidad, la calma que viene
después de esa tormenta de labios protagonistas. Queremos más, no podemos
quedarnos con esta experiencia nada más, que puede volvernos adictos
dependientes. Y el seguir alimentando el alma al compás de los besos que se
suceden es el riesgo más justificado de la historia. Ya no cabe otra boca en la
mía, el directorio del corazón tiene una sola página, una carilla, un renglón,
y un registro: Ella. Toda gran historia tiene un comienzo, una letra capital
que inaugura la hoja. Nada se graba más entre dos personas que se aman que
aquel primer beso, el que dio vía libre a los que vendrían después. Hoy me
permito desde el umbral de la felicidad recordarlo, sin perder de vista todo lo
que me dolió llegar hasta acá, para poder disfrutarlo y valorarlo el doble, o
el triple también. Cuánto se puede llegar a sentir previo a un beso tan ansiado
como eternizado, y al fin y al cabo, es solamente eso, un beso; lo que le da
valor es la persona que lo vuelve inmortal. Hoy hace un año de todo eso, el
resto es historia (conocida).
jueves, 12 de septiembre de 2013
Year Ago.
Tweet
“And I wanna stay here, undefinitely”. Travis.
martes, 20 de agosto de 2013
Untrusting Minds.
Tweet
Ciertas veces sentimos el peso de
la desconfianza sobre nosotros. Es un clímax tácito y verborrágico, donde
pueden haber variables que justifiquen o no dicha acción, pero circulantes en
un carril común entre ellas: El pensar que el otro lleve a cabo lo que “sospechamos”.
Torpemente, las personas suelen arremeter contra sus parejas, familias y seres
queridos en general por culpa de la desconfianza. Pocas veces pueden detenerse
a pensar en esas personas, en cuánto pueden llegar a dañar o a perder, y más aún
cuando la dosis aumenta en función de los celos, que cumplen un rol muy
importante en la construcción del ser. Todo entra en un reduccionismo absurdo,
dado que no importa cuánto se haga y cuánto se estire la mano para estrechar
confianza, que el desconfiado irá dilapidando y llevando su vista hacia el otro
lado, el que más le convenga a sus conjeturas mentales e infantiles. El
problema se traduce también porque la famosa “mochila” que traemos con
nosotros, donde se encuentran todas nuestras vivencias, suele traspolar del
pasado situaciones que en la mente del desconfiado puedan ser similares, pero
que no siempre pueden aplicarse a la realidad, ya que como cada persona es
diferente, sus intenciones de lastimar y/u ofender pueden serlo también.
Aquel que no tiene nada que
esconder tiene que transitar una delgada línea, un límite fácilmente
traspasable, ya que con cordialidad primero y con bronca después, tiene que
lograr que alguien que no le interesa que le digan lo contrario a lo que
piensa, le crea, y además, se convenza no sólo de sus buenas intenciones, sino
en las de los demás. Es por eso, que el desconfiado se arma de frases hechas,
trilladas y absurdas, como si cada situación pudiera pasar por el mismo molde;
son cosas del estilo de “no desconfío de vos, desconfío de él/ella” o “porque
sos hombre/mujer”, que hacen que uno se sienta encasillado, indefinido en base
a sus propias demostraciones (que sí son atribuibles a cada quien en
particular). Para poder relacionarse exitosamente, creo yo que en materia de
confianza debe apostarse el todo por el todo. Muchas veces puede haber cosas que
no nos gusten, nos hagan ruido, o simplemente que sintamos que las hubiéramos
resuelto de ésa forma al estar en su lugar. Pero una relación se construye
entre pares, que pueden tener muchas similitudes pero también cosas que los
diferencien; más aún a medida que va pasando el tiempo y los protagonistas van
encontrando otros caminos, otros pensamientos, crecen y van madurando. Es ahí
donde es necesario conformar una personalidad fuerte para creer, y poder
encontrar en el otro muchas razones para tirar toda sospecha por la borda,
evitando así que lo que se venga a pique sea la relación entera por algo
improbable como la mente que lo crea. La desconfianza y los celos pueden tener
sus orígenes en la concepción de si mismo que tiene cada uno, en aquella
inseguridad y el pensamiento que se planta de creer que uno no es suficiente
para el otro, o que no le brinda lo que necesita para ser feliz y que quizás
por eso vaya y encuentre en alguien más todo eso. He leído por ahí que “Puesto que siempre están pendientes de las malas
intenciones de los demás, sienten a menudo que su persona o su reputación han
sido atacadas o que se les ha mostrado desconsideración de alguna otra amanera.”
Lo más triste es que a veces la cabeza les juega malas pasadas a los
desconfiados, haciendo que vean fantasmas donde no los hay y se terminen
ganando la antipatía de quien siente que le da todo para que confíen y resulta
herido en su orgullo al encontrarse desconfiado. No se trata de contrariarse,
sino de no permitir que en pos de ayudar a quien es receloso terminémonos
haciendo cargo de un traje que no nos queda. Nadie debe permitir que se ponga
en juego su confianza si siente que no lo merece. Se puede ayudar desde
adentro, pero sin permitirse faltas de respeto. Puede ser que quien se cree “cauteloso”
y “calculador” por decreto de sus propios celos, trate de ocultar todo detrás
del humor, razón por la cual tendremos que tener cuidado también de no reírnos
de lo que no nos causa gracia; sino creo yo que es permitir que la bola de
nieve con el tiempo se convierta en una avalancha y nos termine tragando a
ambos. Seamos honestos y no callemos aquello que nos tormenta, pero nunca nos
corramos del eje y de la convicción si estamos seguros de quienes somos y de lo
que damos como persona y como pareja. La construcción de una pareja más sana y
de un canal de comunicación más limpio dependen de ello. Nos animamos a creer
juntos?
viernes, 19 de abril de 2013
Show Must Go On.
Tweet
Sacudidas que te da la vida. Muchos enamorados de la metáfora la definen como “una montaña rusa”. A veces estás arriba, casi acariciando el cielo con los dedos y otras veces estás explorando vías subterráneas con lo más mundano de la creación. Pero ¿Cómo definiríamos esos momentos en los que la montaña rusa parece descarrilar y nos hace salir despedidos en el momento menos esperado? Si son tan complicados de catalogar, imagínense lo que es vivirlos, tener que asimilarlos, tragar saliva y seguir viviendo sin cuestionarte cada átomo de aire que te ingresa en los pulmones. No hay “porque” para esos por-qués. No hay pañuelo que seque esas lágrimas gigantes. Uno asume que tiene toda la vida por delante, pero al perder un ser querido lo que no se puede parar de mirar es la vida que quedó por detrás; incluso aunque sepamos que todo sigue a pesar de nosotros y de los que queremos. “Sus ojos se cerraron, y el mundo sigue andando”, reza Le Pera entre sus versos. Y tengo la plena conciencia de que es así, el Subte abrió a las 5 a .m., la gente descendió y se condujo hacia sus trabajos, presurosos algunos, con mucho tiempo otros, y nadie sabía que una gran persona nos había abandonado. Ni ellos, ni en mi trabajo se cesaron las actividades, ni las personas que atendí en la jornada jamás se enteraron de la existencia de esa genial persona. Cada uno tendrá penas que ahogar con el tiempo, es que simplemente mi sensación de injusticia con pizcas de impotencia no me deja manejarme con la normalidad de lo cotidiano. Pensé todo el día en tus chistes, en cada salida que compartimos juntos, las películas que comentábamos, hablar de “minas” o criticar para terminar riéndonos más aún. En medio de tanto recuerdo, mayor fue la nostalgia al tomar el iPod como hago todos los días, para que esta vez, cada canción que se reprodujo tuviera algo que nos gustara a los dos. Siempre la música fue el gran puente de la amistad, esa conexión intrínseca entre dos personas que sienten pasión por lo mismo. Después, tuve lugar para leer tus famosas “Fabocitas”, que en cada momento de enojo o tristeza era una dosis de clic + risa para garantizar un antídoto contra (casi) todo. Hubo lugar para la bronca, para pensar en el hecho de que todos los días la injusticia pasa por delante mío pero nunca me salpica, y que esta vez no me dio tiempo a taparme. Es espantoso estar envuelto en ese manto de bronca, de impotencia, de “no somos nada”. Pero de todo lo que pude procesar, entendí que vivir tiene estas cosas, y que no se muere con dignidad, sino que se vive con ella. Y vos viviste a rajatabla de esa manera. Nos llenaste a todos de vos, de tus frases, tus modismos, tus salidas y tu forma de ser. Y es que el barba estaba tan celoso de vos, que te mandó a llamar para aclararte los tantos.
Entonces hoy más que nunca, no voy a reprocharle a la vida que te haya quitado de mi camino, sino que voy a agradecerle porque me dio la oportunidad de haberte conocido.
viernes, 8 de febrero de 2013
Sadness Is Gone.
Tweet
Nunca es fácil escribir desde la felicidad. Siempre desde
las tristezas más profundas salen los versos más hondos, las más sentidas
palabras. Sencillo es expresarse cuando la tinta de la pluma son las cenizas
del propio corazón. Cuando estás contento, exultante, todo lo que escribís te
parece absurdo, pintado de rosa, una masterpiece de la cursilería. Pero a su
vez, sabemos que esta ilusión realista sólo es tal en nuestra mente y nuestro
corazón. Es extraño que en estos días de imagen superada, de redes sociales, de
mostrarle al cibermundo no solamente quién soy, sino quién quiero ser a los
ojos de los demás, haya tanto descrédito del estar enamorado. Pareciera que
cotiza mucho más esa pose del “todos son iguales”, “no caigo más”, “no me
enamoro, sólo me divierto”, y todos sus patéticos derivados, que la expresión
indescriptible de quien está en su plenitud en todos los sentidos. Estar
enamorado es todo eso y más. Psicológicamente hay tres etapas dentro del ciclo
de vida del amor: La del enamoramiento, primera de todas, aquel idilio donde es
todo ideal; lo que se dice, lo que se hace, lo que se piensa, está
absolutamente coloreado del blanco de la pureza y los siete colores de la luz
refractada en los corazones de cada participante. La etapa que le sigue es un
poquito menos perfecta, conocida como la del “desencanto” o “desilusión”,
aquella en la cual empezamos a ver a nuestro príncipe azul un poco más
desteñido, con sus virtudes muy presentes pero asomando ciertos defectos,
detalles en los que no estamos tan de acuerdo, que siempre estuvieron allí pero
que nosotros, obnubilados por ese cosquilleo tan maravilloso como recomendable
de la etapa anterior, no sabíamos apreciar. Lo que es destacable de aquí es la
revelación de la verdad, el dejar de vivir una realidad pintada por nuestras
mentes, para seguir volando pero esta vez sobre un mundo más terrenal. La
última etapa, muy importante para mi, es la que nos va a dejar determinar si el
amor que vivimos será uno sano, con posibilidades de proliferar en el tiempo sin
dañar demasiado a nadie, es la aceptación de todos esos valores negativos y la
conformación del “amor maduro”. Básicamente, es saber que la persona que amamos
tiene todos esos defectos, aceptando con toda honestidad que podríamos vivir
perfectamente sin ella, pero que aún así, a conciencia elegimos cada uno de
esos días gozar de su compañía. Quedarse atrapado en cualquiera de las dos
primeras etapas supone un riesgo de desgaste y posterior ruptura por razones
obvias inevitables. A nadie le gusta ser el ídolo permanente del otro, aquella
persona de la que se espera tanto, teniendo siempre que responder en
consecuencia. Para ello, es fundamental tratarse como pares, como compañeros
que saben apuntalarse en las debilidades del otro.
Así como muchas veces me tocó escribir desde el lado del
dolor, hoy me toca tipear desde la otra orilla. Es muy difícil de poner en
palabras, sin que vaya a parecer algo de fairytale.
Una sensación maravillosa haber transitado tanto, haber ido con los pies
descalzos pisando vidrio tantas veces, y que por una vez el camino sea de
plumas. Hoy quise animarme a hacerle un post a mi felicidad plena, a mis ganas
de tener ganas todos los días. “No trates de persuadirme, voy a seguir en esto.
Sé, nunca falla, hoy, el viento sopla a mi favor, voy a seguir haciéndolo”,
aporta Gustavo Cerati, cuando en estrofas siguientes lo vuelve a recalcar
diciendo, que “hoy, el universo está a mi favor, y es tan mágico”. Son esas
cosquillas las que nos hacen sentir después de todo, que estamos vivos para algo.
Me gusta transitar los senderos de la risa, de la emoción, del sentirme
acompañado y contenido. Así me siento hoy, compenetrado con cada proyecto en
común, con aciertos y errores, defectos y virtudes. Así nos hemos elegido, y
así planeamos seguir adelante. Releyendo cada una de mis subidas anteriores, es
una toma de conciencia más grande que la otra sobre lo mal que he estado, y
pesa mucho en la balanza del presente todo eso que me hace sentirme bien. No
nos olvidemos nunca lo importante que es ser felices; es un estadío hermoso,
porque todo nos duele un poco menos cuando estamos al lado de la persona que
sentimos correcta. No sé si durará mucho, no sé si será para siempre. Sólo
tengo la esperanza de que así lo sea y mi compromiso para lograrlo. En definitiva,
no puedo hacer otra cosa que no sea hacer las cosas de la mejor forma posible.
Mucho por ganar, todo por perder. “Quien no arriesga, no gana”, dicen por ahí.
Yo con vos, Rochu Arrúa, estoy “all in”.
Gracias por hacerme tan feliz. Te admiro, estás en mi
corazón y Te Amo con unas ganas tremendas.
![]() |
| I've got an angel, she doesn't wear any wings. |
lunes, 27 de agosto de 2012
Hope.
Tweet
No sé si les habrá pasado alguna vez, de tanto en tanto, de dar vueltas en su propia mente; explorar cada rincón de la misma, dar vueltas una y otra vez sobre ideas que se ven elementales pero que representan diferentes magnitudes, según cada estado de ánimo. Me ha tocado encontrarme con catástrofes inapelables que empezaban y terminaban en esas lagunas temporales, en las que me pierdo cada noche. Cuando estamos ausentes de amor, cuando nuestras heridas sentimentales emanan la frescura que el tiempo no ha logrado curar todavía, esos baches de la mente se intensifican. Profundizamos en teorías sobre nuestro comportamiento como pareja, ahondamos en nuestras actitudes intentando buscar una razón que justifique y explique por qué estamos así (como si hubiera un sentido llano, lógico y simple de captar en ese sentido). Me ha tocado replantearme toda mi vida mi accionar, recapitular cada vez que regalé un chocolate o esbocé un "Te Quiero". Que muy pronto, que muy tarde; que no supe leer el momento, que no respeté sus tiempos; que me fui de boca, que fui un témpano. Cualquier excusa es válida para no echarle la culpa a ése ser que tanto alego apreciar. Y cuando el comportamiento del otro o la otra fue bueno también, buscamos talismanes que alivianen el dolor, los cuales reciben nombres comunes como "Destino" o "Suerte": Esos dos bandidos que nos hacen conocer las mieles de la felicidad tan rápido como nos hacen probar el barro de la desgracia. ¿Pero no se supone acaso que la vida es a prueba y error? ¿Cuántas veces nos lamentamos por aquellas personas que tuvimos que dejar pasar? ¿Y no les pasó luego de conocer personas que nos hicieran sentir que todo aquello que nos parecía muchísimo anteriormente quedaba paupérrimo al lado de la nueva sensación amorosa? Es por eso que soy enemigo de los cuestionamientos sentimentales, de la repartición innecesaria de culpas. Soy un enfermo de la esperanza, que según Aristóteles es "el sueño del hombre despierto". Tiene sentido entonces que sea mi esperanza la que no me deja dormir en esas noches de vacío, de reposicionamiento de ideas. Cuando me abrazo a la percepción que amar de nuevo es posible, que no hay corazón emparchado que no pueda salir adelante. Y entre tantas vueltas que he dado, siempre o casi siempre (salvo espantosos días de negación absoluta), llegué a la conclusión de que toda existencia debe ser autosuficiente para ser el complemento ideal de otra. Primero están mis metas, mis objetivos, que al conocer una persona de mi agrado puedan llegar a mancomunarse en algún momento, a ser uno entre dos. Sin este principio básico, siempre caeré en dependencia de otras personas para que yo pueda realizarme, y estoy convencido de que eso es el fin de todo ser humano que se precie de tal. Querer a alguien es un gran motor, pero no hay combustible mayor que la voluntad y el amor propio, valores que enamoran a todo aquel que necesite un compañero de ruta en el sinuoso y difícil sendero que es la vida. Por eso, antes de lamentarse, esperen y nunca, pero nunca, desesperen.
Desesperar: tr. y prnl. Perder toda esperanza
martes, 21 de agosto de 2012
Tiempo al Tiempo.
Tweet
Es complicado querer. Más complicado aún es amar. Todo aquel entramado de las complejas relaciones humanas nos hace tambalear más de una vez. Yo soy un ejemplo vivo de ello. Muchas veces, pierdo la noción del tiempo enfrascado en mis pensamientos, que se diluyen conforme el segundero completa su recorrido infinito. ¿Por qué el amor nos lleva a traicionarnos? Se supone que es algo positivo, algo bueno, que suma en la vida de quienes lo disfrutan. Tiene sus etapas, claro que sí, pero me gustaría saber por qué al final de cuentas siempre el bote en el que venimos juntos termina girando eternamente a falta del otro remo, de la otra mitad de su poder. Puedo proponerme mil cosas, trazarme un millón y medio de planes; pero en materia de amor, nunca sé con qué nuevo artilugio voy a sorprenderme. Es un ilusionismo patético, porque trata de forzar un conocimiento de mi que no domino, del que carezco plenamente. Mi corazón suele doblarse y amoldarse como los relojes de "La Persistencia de la Memoria", del maestro Dalí. Pero sólo cuando lo tengo entre mis manos hecho añicos una vez más, recién ahí llego a tomar una mínima noción de que no es para jugar. Es que tampoco pido un seguro de caución por si lo rompen al brindarlo. Como para tantas otras cosas en la vida, no existen ni manuales ni guías. Yo no amo sin otra brújula que la de mis sentimientos, que bastante mal calibrados suelen tener su Norte. Por eso sigo a la espera de esa estrella polar que me guíe, que me emparche quizás y otorgue un poco de tiempo y de tranquilidad para que logre sanarse. Pareciera que es pecar el querer hacer las cosas bien, porque el castigo es terrible. He escuchado por ahí que "Lo bueno, aburre". Lo dicen personas que, más allá de todo lo malo que pueda decir de ellas, tienen mayor éxito arrastrándose por idiotas que perpetuan sentimientos patológicos en el tiempo que quienes como en mi caso defendemos la pureza del amor sin maldad, el que se da por retribución netamente honesta. El cliché del corazón es sólo para la metáfora (los griegos creían que el órgano más importante era el hígado, y que sentíamos por él). No estoy dispuesto igualmente a abandonar mi Modus Operandi. Me crié con esta idea y con ella voy a llegar hasta las últimas consecuencias. Quizás consiga quien lo valore y aprenda a mantenerlo al ras del calendario, o quizás algún día comprenda si mi error es conceptual, actitudinal o ideológico. Somos unos ignorantes del amor, de eso no tengo ninguna duda.
martes, 27 de diciembre de 2011
Parte (En) Dos.
Tweet

Consecución de notas en mi cabeza, una cascada de pensamientos acuden raudos y veloces sobre las teclas. Es que aquel recuerdo tiene poco de feliz pero mucho de inolvidable. Cada detalle de cuán miserable era; la infelicidad no se borra con un pase mágico: Prevalece. Aún así, creí que debía seguir adelante con mi vida y obligaciones. Jamás me retiré a la introversión. Continuaba presionando sobre mi divagar para conseguir una excusa que me permitiera salir adelante. ¡Sí que servía aquella armadura! ¿Eh?. A la vista de todos yo era una persona exitosa, radiante, feliz; lejos estaba de desnudar mis miserias. Pero lejos estaba también de concluirlas, ya que no era el mejor procedimiento ni la mejor solución. La infelicidad te impide pensar con claridad, te pone en jaque todo el tiempo para que intentes evadirla. Sabe bien que al hacerlo se inmortaliza, dado que de una forma u otra siempre vuelve, se alimenta de tu indefensión, de tu incertidumbre y de tu miedo a estar solo. Tan poca certeza, tan poca paz interior. En ése momento sos un inepto que no es capaz de lograr nada. Tantos años buscando a la persona ideal, ¿Y todavía NADA? ¡Por favor! Si todos son más felices que yo sin haber hecho ni una cuarta parte de lo que éste servidor ha cesado de dormir en pos de conseguirlo. En aquel entonces, busqué caminos externos, laberínticos, que ofrecían una pizca de felicidad en porciones mínimas, nunca suficientes. Me aboqué a la música, al deporte, a la literatura, a la historia. Y sinceramente no sé si fue peor el remedio, la enfermedad, o el camillero con parkinson que me llevaba a la morgue aún estando vivo...

Consecución de notas en mi cabeza, una cascada de pensamientos acuden raudos y veloces sobre las teclas. Es que aquel recuerdo tiene poco de feliz pero mucho de inolvidable. Cada detalle de cuán miserable era; la infelicidad no se borra con un pase mágico: Prevalece. Aún así, creí que debía seguir adelante con mi vida y obligaciones. Jamás me retiré a la introversión. Continuaba presionando sobre mi divagar para conseguir una excusa que me permitiera salir adelante. ¡Sí que servía aquella armadura! ¿Eh?. A la vista de todos yo era una persona exitosa, radiante, feliz; lejos estaba de desnudar mis miserias. Pero lejos estaba también de concluirlas, ya que no era el mejor procedimiento ni la mejor solución. La infelicidad te impide pensar con claridad, te pone en jaque todo el tiempo para que intentes evadirla. Sabe bien que al hacerlo se inmortaliza, dado que de una forma u otra siempre vuelve, se alimenta de tu indefensión, de tu incertidumbre y de tu miedo a estar solo. Tan poca certeza, tan poca paz interior. En ése momento sos un inepto que no es capaz de lograr nada. Tantos años buscando a la persona ideal, ¿Y todavía NADA? ¡Por favor! Si todos son más felices que yo sin haber hecho ni una cuarta parte de lo que éste servidor ha cesado de dormir en pos de conseguirlo. En aquel entonces, busqué caminos externos, laberínticos, que ofrecían una pizca de felicidad en porciones mínimas, nunca suficientes. Me aboqué a la música, al deporte, a la literatura, a la historia. Y sinceramente no sé si fue peor el remedio, la enfermedad, o el camillero con parkinson que me llevaba a la morgue aún estando vivo...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





