Ciertas veces sentimos el peso de
la desconfianza sobre nosotros. Es un clímax tácito y verborrágico, donde
pueden haber variables que justifiquen o no dicha acción, pero circulantes en
un carril común entre ellas: El pensar que el otro lleve a cabo lo que “sospechamos”.
Torpemente, las personas suelen arremeter contra sus parejas, familias y seres
queridos en general por culpa de la desconfianza. Pocas veces pueden detenerse
a pensar en esas personas, en cuánto pueden llegar a dañar o a perder, y más aún
cuando la dosis aumenta en función de los celos, que cumplen un rol muy
importante en la construcción del ser. Todo entra en un reduccionismo absurdo,
dado que no importa cuánto se haga y cuánto se estire la mano para estrechar
confianza, que el desconfiado irá dilapidando y llevando su vista hacia el otro
lado, el que más le convenga a sus conjeturas mentales e infantiles. El
problema se traduce también porque la famosa “mochila” que traemos con
nosotros, donde se encuentran todas nuestras vivencias, suele traspolar del
pasado situaciones que en la mente del desconfiado puedan ser similares, pero
que no siempre pueden aplicarse a la realidad, ya que como cada persona es
diferente, sus intenciones de lastimar y/u ofender pueden serlo también.
Aquel que no tiene nada que
esconder tiene que transitar una delgada línea, un límite fácilmente
traspasable, ya que con cordialidad primero y con bronca después, tiene que
lograr que alguien que no le interesa que le digan lo contrario a lo que
piensa, le crea, y además, se convenza no sólo de sus buenas intenciones, sino
en las de los demás. Es por eso, que el desconfiado se arma de frases hechas,
trilladas y absurdas, como si cada situación pudiera pasar por el mismo molde;
son cosas del estilo de “no desconfío de vos, desconfío de él/ella” o “porque
sos hombre/mujer”, que hacen que uno se sienta encasillado, indefinido en base
a sus propias demostraciones (que sí son atribuibles a cada quien en
particular). Para poder relacionarse exitosamente, creo yo que en materia de
confianza debe apostarse el todo por el todo. Muchas veces puede haber cosas que
no nos gusten, nos hagan ruido, o simplemente que sintamos que las hubiéramos
resuelto de ésa forma al estar en su lugar. Pero una relación se construye
entre pares, que pueden tener muchas similitudes pero también cosas que los
diferencien; más aún a medida que va pasando el tiempo y los protagonistas van
encontrando otros caminos, otros pensamientos, crecen y van madurando. Es ahí
donde es necesario conformar una personalidad fuerte para creer, y poder
encontrar en el otro muchas razones para tirar toda sospecha por la borda,
evitando así que lo que se venga a pique sea la relación entera por algo
improbable como la mente que lo crea. La desconfianza y los celos pueden tener
sus orígenes en la concepción de si mismo que tiene cada uno, en aquella
inseguridad y el pensamiento que se planta de creer que uno no es suficiente
para el otro, o que no le brinda lo que necesita para ser feliz y que quizás
por eso vaya y encuentre en alguien más todo eso. He leído por ahí que “Puesto que siempre están pendientes de las malas
intenciones de los demás, sienten a menudo que su persona o su reputación han
sido atacadas o que se les ha mostrado desconsideración de alguna otra amanera.”
Lo más triste es que a veces la cabeza les juega malas pasadas a los
desconfiados, haciendo que vean fantasmas donde no los hay y se terminen
ganando la antipatía de quien siente que le da todo para que confíen y resulta
herido en su orgullo al encontrarse desconfiado. No se trata de contrariarse,
sino de no permitir que en pos de ayudar a quien es receloso terminémonos
haciendo cargo de un traje que no nos queda. Nadie debe permitir que se ponga
en juego su confianza si siente que no lo merece. Se puede ayudar desde
adentro, pero sin permitirse faltas de respeto. Puede ser que quien se cree “cauteloso”
y “calculador” por decreto de sus propios celos, trate de ocultar todo detrás
del humor, razón por la cual tendremos que tener cuidado también de no reírnos
de lo que no nos causa gracia; sino creo yo que es permitir que la bola de
nieve con el tiempo se convierta en una avalancha y nos termine tragando a
ambos. Seamos honestos y no callemos aquello que nos tormenta, pero nunca nos
corramos del eje y de la convicción si estamos seguros de quienes somos y de lo
que damos como persona y como pareja. La construcción de una pareja más sana y
de un canal de comunicación más limpio dependen de ello. Nos animamos a creer
juntos?

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