viernes, 25 de noviembre de 2011

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En tiempos que parecen inmemoriales, casi inaccesibles en rincones de mi mente, se hallan inertes ciertos recuerdos, sentimientos con los que teñía mi alma de tonos cada vez más oscuros. Los mismos subían del alma a la cabeza, y allí tenían su guarida, su fábrica de pensamientos podridos. Ésos pensamientos saqueaban mis noches de sueño, mi libertad, iban secando mi pluma y acalambrando mis dedos a medida que iban avanzando. Pensaba, pues, que la vida no era para mi, que "vivir" era más que un simple milagro físico, consecuencia de la creación de un aparato tan perfecto como complejo, que es el cuerpo. Creía que se puede vivir sin alma. Pero día tras día me iba apagando de a poco; primero fue un otoño fresco, y cuando mis buenas ideas constituidas en esas hojas se fueron marchitando y cayendo hasta llegar a su totalidad, el invierno se abrió paso. El invierno más frío que puede albergar la mente y el alma de un hombre. La hostilidad conmigo mismo, el cerebro cincelado por la desesperanza, la desilusión y la melancolía. Estaba atrapado en una vida que no me ofrecía nada y a la que yo tenía mucho menos que ofrecerle. Me asqueaba pensar en el amor, reía con sorna ante aquellas parejas que paseaban delante de mis ojos, besándose apasionadamente como si el destino me guiñara el ojo y me hiciera testigo privilegiado de esas escenas, fruto de la burla misma de la realidad avasallante. Llegó un punto en que subestimé mi postura sobre el amor y las relaciones entre las personas. Me llegó a parecer que todos en realidad vivían una mentira y que a los ojos de los demás sentían la demanda, la obligación moral de amarse con locura y demostrarse afecto constantemente. Estaba ya enfermo de cólera acompasada en los mínimos latidos que daba mi corazón, los ínfimos hilos sobre los que pendía mi vida. ¿De qué forma podía creer en algo? Toda tradición me parecía absurda, casi tan absurda como los amantes callejeros que sentía dentro de un complot divino en mi contra para que sintiera que todo el universo estaba bien excepto yo. ¡Y cuánto cuesta no ser presa fácil en ése momento! Se es más vulnerable que nunca en momentos de debilidad emocional. Estaba desganado, no tenía una razón mayor que la inercia para levantarme cada mañana. Probé de todo: Salía sin sentido, vagaba por las barras hasta horas inusitadas, en el peor estado en que un hombre puede dejarse estar. Aquella piltrafa sin corazón y sin rumbo fue arrastrándose por las calles del alma matándose en cada pensamiento y siendo revivido por la desesperanza, que siempre quería noquearme en otro round más. Como dije antes, se es carne de cañón cuando uno está así. Luego, aquellos cuerpos a los que empecé a acudir; personas que no valían nada, pero valían más que yo...

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