martes, 27 de diciembre de 2011

Parte (En) Dos.


Consecución de notas en mi cabeza, una cascada de pensamientos acuden raudos y veloces sobre las teclas. Es que aquel recuerdo tiene poco de feliz pero mucho de inolvidable. Cada detalle de cuán miserable era; la infelicidad no se borra con un pase mágico: Prevalece. Aún así, creí que debía seguir adelante con mi vida y obligaciones. Jamás me retiré a la introversión. Continuaba presionando sobre mi divagar para conseguir una excusa que me permitiera salir adelante. ¡Sí que servía aquella armadura! ¿Eh?. A la vista de todos yo era una persona exitosa, radiante, feliz; lejos estaba de desnudar mis miserias. Pero lejos estaba también de concluirlas, ya que no era el mejor procedimiento ni la mejor solución. La infelicidad te impide pensar con claridad, te pone en jaque todo el tiempo para que intentes evadirla. Sabe bien que al hacerlo se inmortaliza, dado que de una forma u otra siempre vuelve, se alimenta de tu indefensión, de tu incertidumbre y de tu miedo a estar solo. Tan poca certeza, tan poca paz interior. En ése momento sos un inepto que no es capaz de lograr nada. Tantos años buscando a la persona ideal, ¿Y todavía NADA? ¡Por favor! Si todos son más felices que yo sin haber hecho ni una cuarta parte de lo que éste servidor ha cesado de dormir en pos de conseguirlo. En aquel entonces, busqué caminos externos, laberínticos, que ofrecían una pizca de felicidad en porciones mínimas, nunca suficientes. Me aboqué a la música, al deporte, a la literatura, a la historia. Y sinceramente no sé si fue peor el remedio, la enfermedad, o el camillero con parkinson que me llevaba a la morgue aún estando vivo...

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